70. TRES PASTICHES DE OCTUBRE, 2019
I
Estallido de
Octubre,
de quienes marchan
por las calles,
y detienen las
máquinas subterráneas y las escuelas.
A todas, a todos,
deseosos de llegar a nuestra fiesta,
aun con las
espaldas cargadas de trabajo.
¡Salgan este
octubre, el primer nuevo octubre!
Recibámoslo, con
las voces entrelazadas de canciones.
¡Primavera
nuestra, derrite la nieve de 30 años!
¡Yo soy obrero,
este octubre es mío!
¡Yo soy mapuche,
este octubre el mío!
¡Yo soy dueña de
casa o estudiante, este octubre es mío!
A todas, a todos,
de pie en las barricadas,
germinando la vida
digna:
a todas, a todos,
hoy es nuestro primer nuevo octubre.
Vayamos al
encuentro,
enlazando las
manos proletarias, estudiantiles, mapuches.
¡Callen vuestro
ladrido, parlamentarios!
¡Silencio a las
necias escopetas, militares y policías!
¡Este primer
octubre nuevo es mío, es nuestro!
A todas, a todos,
a las casas, a las plazas, a las calles…
A todas, a todos,
mendigos, jubilados, desempleados;
en el metro, en
las micros, quienes han evadido el maltrato,
¡salgan este octubre,
el primer octubre de la nueva vida!
¡Gloria, al
hombre, a la mujer rebelde!
¡Gloria a quienes
desbordaron esta primavera!
¡Estudiantes,
mujeres, mapuches, canten!
¡Hagan sonar
tambores y pitos! ¡Trutrucas y cultrunes!
¡Este primer
octubre de la vida digna!
¡Somos la tierra,
somos los ríos, esta es nuestra vida! ¡La vida digna!
II
Como una
barricada, de color de furia,
como el mismísimo
invisible pecho del cielo.
Ellos están de pie
en el horizonte,
altos como el
profundo mediodía,
¡empujando las
grandes utopías!
Son una campanada
de voz altisonante
que a través de
los cuerpos asesinados hacen resonar la victoria.
Hermanados como el
polvo caído, corazones malheridos,
tengamos fe en
vuestros muertos,
en nuestros
heridos, en nuestros tuertos!
No sólo son raíces
bajo las piedras teñidas de sangre,
no sólo sus pobres
huesos derribados fecundan la tierra,
sino que aun sus
bocas muerden pólvora y humo
y atacan como
océanos multicolores
y aun sus puños
levantados contradicen la muerte.
Porque de tantos cuerpos
una vida invencible se levanta.
¡Madres, abuelas,
hijas o hijos!
Un solo cuerpo
vivo como la vida:
un rostro con ojo
tuerto vigila el futuro
con una bandera
llena de protestas y esperanzas!
III
Historia, ¿vas a
mencionarnos,
en tus libros o en
electrónicas enciclopedias?
Trabajamos en
talleres y oficinas,
nuestros nombres
no sonaban mucho a nadie ni para nada.
Servíamos café o
helado; olíamos fuerte a cebolla y a sudor.
Y a través de los
anteojos o los cabellos amarrados,
con rencor, con
malestar silenciado,
maldijimos la vida
que llevábamos.
En nuestro hogar
nuestros padres predicaban:
“Así será por
siempre jamás”.
Pero nosotros
rugíamos y escupíamos la estúpida vida.
Dejábamos la mesa
sin comer.
Huíamos de las
casas y allí, al aire libre,
sentíamos las
vibraciones de algo nuevo,
brillante,
hermoso, estrepitoso.
Cuán ansiosamente
esperábamos en cafés o bares llenos de gente;
en plazas, en
terrenos baldíos, o vagabundeando las aceras.
Cuán ansiosos
estábamos en nuestras oficinas o bancos de colegios
y volvíamos tarde
por la noche agotados por la brutal normalidad.
La vida sin piedad
con su garra de bestia golpeó nuestros rostros,
hambrientos,
endeudados, frustrados, consumidos.
Y aunque por
nuestros sufrimientos no pedimos recompensas,
Historia, no
queremos nuestros retratos en los tomos de tus libros,
narra nuestra
historia simplemente a aquellos que no vamos a ver.
Y di a los que nos
reemplacen que alcanzamos a despertar,
que Chile
despertó, y que luchamos con valor.
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