63. LA BRIZNA

 

Una brizna de aire nos permitirá aún ver más claramente…

 

Nos asfixiábamos allá lejos, por separado, habituados a la aventura de la sal, en medio de mareas que jamás tocaban las orillas, sorbiendo de a poco el suspiro de los días. Germinada del espectro, la carne era un fantasma como la sombra. Las hojas muertas ocasionalmente brillaban en los charcos, desafiándonos cara a cara, pues no teníamos bastante sitio tras los naufragios. Éramos, sin saberlo, seres invisibles en las mareas del mar muerto, donde las algas mustias nos envolvían. Enraizados como arboles bajo la casa lóbrega, nos habituamos a la isla solitaria y al extraño almohadón de gravilla. 

 

Pero en el otoño de la fresca hierba, cuando nos conocimos, y en la lluvia del mes de junio, abandonados a nuestro placer, a nuestro pecar, a nuestro desenfreno, con los corazones ya en lo alto, flotamos en una nube que desemboca en el manantial.

 

Tus caricias me tienen cautivo ahora, aunque la luna se esconda, a veces, cuando nos acercamos al borde de los tejados de metal y el ojo abierto por las calles registra la marca del narciso. ¿Nos miraremos sin decirnos nada?

 

Envolvámonos de nuevo sobre dóciles telas, empuñando la antorcha, para abrir los canales desde su origen, en el gemido hondo del secreto del fuego de la bergamota, ese trozo candente estremecido adentro. Impulsémonos hacia la hierba cubierta de rocío, semejante a alguien que en sueños viste una cabeza de medusa. Ataviados por el viento de lince, emerjamos de un muro de tréboles, donde el pensamiento recoge su tela de araña y su crisálida.


Sólo cuidémonos que la brizna nos salga al paso, en una brillante onda, allí donde escolta el umbral la luna errante, junto a impronunciables oleadas de espejos en ramillete y una estrella que yace al fondo de la bóveda. 

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