62. LÚGUBRE INSTANTE
Caída
otoñal de las hojas pensativas al extraviarse
en
los bosque resplandecientes de la fortuna,
en
los días mejores de la vida.
La
pena de hoy es un círculo de espuma
aunque
de insistente silencio,
un
espectro respirando desde la tumba
que
parece predecirnos la suerte
y
nos empuja a la oscuridad
de
un instante desconcertado.
Gira,
sin embargo, la espuma circular:
podremos
disiparla. Vacio manantial, cáscara de aire,
¿qué
es una reyerta comparada a tu caricia?
Qué
es una reyerta comparada a tu cabello
cayendo
a lo largo de tu espalda
o
sujetado sobre la nuca, descubriendo tu cuello,
trigo
dorado, terrestre alimento.
No
sé cómo nació lo nuestro
pero
ahora sé que nació antes de conocernos y dónde:
junto
a una estantería de libros: allí
me
iluminó sin saberlo tu esperanza intensa.
El
misterioso propósito del alma
ora
nos oprime, ora nos alivia.
El
corazón indomable se sentó lúgubre
al
borde de la cama. El odio a sí mismo
completó
por un instante
lo
que el amor comenzó.
Pero
sé muy bien que me alimento del amor
y
no del odio;
que
me enredo en tu cabello hechicero
mientras
el viejo mundo se resquebraja;
que
delicadamente contemplo la red brillante
que
teje los sueños, donde bailamos,
entre
cerros y montañas, lagos y ríos,
valles
y pequeñas ciudades, donde
percibimos
el perfume del destino.
Pasa
veloz la vida: cojámosla de su crin salvaje.
Te
conozco, doncella; los sueños deben decirte
esta
noche que te conozco.
Solemne,
alta y dulce doncella,
alabada
sea tu voz, todos tus cantos.
En
el mismo instante
en
que se nos humedecieron los ojos
una
sonrisa tuya me embrujo;
tu
altiva y fresca figura me volvió a iluminar,
retorció
mi alma, puso de cabeza mi mundo,
me
hizo perder el juicio;
deshaciendo
el interludio de gravedad, de ganas de llorar;
y
reemplazándolo por las risas, la ternura,
el
cariño renovado, la pasión desmesurada;
porque es allí donde reside la verdadera fantástica existencia
de nuestro encuentro jubiloso y desbordante.
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