58. LA PRIMAVERA DE SANDRO BOTTICELLI

 

Sé que no es mucho

lo que yo te puedo dar,

por eso te consagro, en esta

estación metamorfoseada, La Primavera

de Sandro Botticelli,

quien pintó,

quien pintó en ella,

quien pintó en ella cientos de especies

de plantas

que florecen

alrededor de la ciudad

de Florencia,

un día como hoy

entre los meses

de marzo y mayo,

hace quinientos años.

 

Un jardín de los Médici,

delimitado por un bosquecillo,

huerto donde los frutos de oro

de la inmortalidad

(esa inmortalidad que para nosotros se llama

pueblo, amor y memoria),

es custodiado por ninfas y dioses,

entre hierbas y flores,

en un tapiz

esperanzadoramente humano.

 

La metamorfosis

de la ninfa Cloris,

un cambio de naturaleza

−de Cloris a Flora−,

como fruto de la unión

de la pasión y la pureza;

Flora, Florencia, diosa y ciudad,

de la juventud y la floración,

protectora de la agricultura;

Venus terrestre que siembra flores

y embellece el mundo;

Flora, alma humana que se despierta

al mundo espiritual;

Primavera en otoño,

Florencia en majestad,

protectora de la fertilidad.

 

Céfiro, Dios del viento,

sopla una brisa húmeda y cálida,

abriendo así el camino a Venus,

con su vientre redondo,

listo para dar a luz

al mundo;

Venus

coronada por un Cupido que dispara

flechas incandescentes

a las tres Gracias

que se toman de la mano

para dar, recibir y retornar.

Y con Mercurio junto a ellos,

el amor se eleva y regresa

a las esferas celestiales;

es él quien guarda el jardín

y persigue las nubes.

 

Sé que no es mucho,

sé que no es mucho lo que yo te puedo ofrecer,

sólo este halo de flores y naranjos en flor;

el deseo, el deseo y toda la belleza,

en su fragilidad y en su inmortalidad,

en su fragilidad y en su inmortalidad.


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