52. LA CANTANTE

 

Su boca es la desembocadura de mis besos inflamados.

De sus labios, rojos pétalos, pende la labor de mis lapsus.

Su sonrisa me sonroja hasta hacer del ridículo un verbo.

En su lengua, cucharilla donde coloco mi cóncava voluntad,

pacientemente deposito además mi impaciencia apasionada.

 

Su voz me convoca e impulsa a una epopeya vociferada.

Su canto, ágil y sutil, acentúa mi encantamiento acantilado.

Su música me transporta a la amnésica cavidad

del manicomio en el generoso corazón,

que es el coraje del melodioso recordar

el soplo vital que anima la brisa de su alma

que constantemente brota, otra vez

y otra vez, de su boca.


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