49. AFRODITA, TEMPLE SOBRE LIENZO

 

La áurea del amor,

sonriente extranjera;

hermana de las Moiras

y de las Erinias;

descendiente

de Cronos y Euonime;

primitiva figura nacida de la espuma marina

de Urano, sobre la tierra nocturna,

blanca espuma, cósmica,

al temple,

de Urano mutilado,

cuyos miembros,

flotan en la rompiente.

 

Por Citera, llevada en una concha;

después, por el soplido de Céfiro,

hasta Chipre,

donde pisas tierra,

floreciente a tus pies.

Los anhelos amorosos están de tu lado, junto a

ilusión, dulce placer, abrazos y caricias

─canto de Hesíodo.

 

¿Quién no ha visto, de Sandro Botticelli,

la efigie de la belleza inmortal, desnuda,

surgida del mar,

con los cabellos ondulados goteando

y recibida por el júbilo de la naturaleza ─única alianza

del lienzo?

 

Afrodita, brotas de lo inmenso,

entre cisnes, patos y gansos,

caracolas y delfines.

Las Horas

te entregan

tu vestimenta divina:

la corona y los hermosísimos atavíos,

en el cuello y en las orejas,

con el collar dorado en el pecho. Para luego

conducirte,

con orden, justicia

y paz,

ante los dioses,

quienes enardecen de amor. 

 

Diosa del mar, sin ser del mar;

y de los navegantes ─su travesía afortunada─,

sin ser de ninguno.

Celestial encanto

del sosiego marino,

hacia los puertos alcanzados. 

 

Como en el mar, también en tierra:

milagro floreciente, paloma blanca

de mármol.

Las Cárites jardinean, primaverean,

entre gorriones, con esplendor,

buen ánimo

y abundante

dedicación al espíritu

y la carne: el mirto y la rosa, la amapola

y el manzano placentero

y la semilla roja, gozosa,

de la granada. 

 

Hechicera también del mundo animal,

de grises lobos y relucientes leones,

osos y panteras: extasiadas

y enternecidas bestias.

 

Pero es en el hombre donde tu esplendor se manifiesta

con total grandeza:

deseo omnipotente

que se olvida del mundo,

sus deberes

y decisiones;

que hace perder la sensatez

al más juicioso;

y arranca de cuajo

lo que era vulnerable;

desprecia las leyes, revoca

las resistencias,

bajo tu entusiasmo

y seducción,

de tu cuello

y ojos resplandecientes;

belleza pura

y gracia

y placer

y libertad

y bienaventuranza.

Inconcebible felicidad de los hombres. 

 

Ay de los porfiados Hipólitos que se te oponen

y no saben remover la pesadumbre.  

 

Proyectas el apogeo de tu espíritu e imprimes

tu expresión sublime

en cada elemento,

cautivadoramente irresistible,

en compañía de Eros;

esplendor sobre todos los objetos

y las formas, deliciosamente

cercanas,

destelladas

por la mirada

del amor

y del placer, que proyecta

a seres limitados

hacia lo infinito.

 

Pero, ay, no es del amante (embriagada presa)

de quien emana el amor, sino

de la amada

que,

entregada a sí misma,

no ama más

que al mismo amor:

sus múltiples consortes.

 

Por lo mismo, ¿qué es el amor

sino la pura voluntad

de entrega desinteresada?

Ay, los humanos corazones.

Ay, la obra del mañoso Cupido. 

 

Y es que es el mismísimo dios de la guerra, Ares,

el ridículo voluble,

profundamente herido,

por amor, infinitamente,

es arrojado a tus brazos

y tu afrenta de paz,

extasiado,

extasiadísimo.

 

Ay, ¿qué alquimia desconocida

responde a tu vasto mundo?

¿Cómo puede la clara y armoniosa buenaventura

ser, a la vez,

motín y enemistad

en un mismo corazón?

¿Qué oscura sombra se tiende

bajo tu sortilegio radiante?

 

Eres la esencia de toda creación:

el retorno al origen, de Urano mutilado.


Comentarios