44. ARLEQUINADA
Aquel payaso que
llaman el hombre de ortiga
tentó de una vez
la superficie de nuestra utopía
sin frutos,
llegando al fondo y por poco profético.
¿Quién había
invocado su nariz de goma color rojo?
Un pasmoso día
soleado de otoño,
vertió su néctar
de escozor y trucos,
pezuñas y cuernos,
borlas y adornos,
de hablante
interior y morisquetas,
salpicando
nuestros rostros inflamados,
haciéndonos llorar
de risa, gastando
bromas,
arriesgando piruetas punzantes.
-He aquí los estériles heraldos de
manos abiertas,
límpidas -nos dijo el augusto y andrajoso
portador,
de borde dentado,
extravagante y burlón.
-Soñadores ilusionados, putas de la historia,
¿no entienden que
no hay ni progreso ni razón?
O más bien: el
progreso es la esclavitud sin amos
y es la razón
astutamente timada por la estupidez.
Esa tarde sondeada
por el eco de la ampolla,
maleficio dell'arte,
saturnina arlequinada,
el más abundante y
virtuoso de los faunos,
cruel y a la vez
frágil, torpe y cabal payaso,
en nuestras manos
su fuego líquido propagó.
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