41. DON NADIE
Te hundes, helada
hierba a mis pies.
De niño, jugábamos
allí todas las mañanas,
si hacía buen clima,
con mi madre,
roseta de hojas
pegada al suelo.
De joven, con los
camaradas,
acostumbraba a
caminar por el parque,
por las tardes,
para engañar al tiempo.
Si hubiera optado
entonces por el regreso a casa,
¿hubiese
reencontrado tu voz, en el círculo lunar,
ojo de Polifemo, delante
del espejo de don nadie?
Ahora, que se estrecha
la calzada hacia el tallo subterráneo,
vaivén en quietud
de la hospitalaria medianoche,
oigo, a tientas,
la voz de mi padre,
por quien nadie
acudió en su rescate,
letargo que
transmuta desmemoria y desvarío.
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