36. TRES VELAS
A mi
abuelo Oscar
mi
padre Ismael
mi
primo Francisco
Como si fueran restos
de mis propias
huellas en la niebla,
no miro la densa
confusión
frente a mis ojos.
Chillando pasos descuidados
sobre la tierra,
un fragmento soleado se asoma
–inmóvil y fingiendo–
de una espantosa vejez
absorbida en el soliloquio de los muertos.
Sin siquiera
rozar
la nostalgia,
los músculos
son peces rencorosos.
Las velas son los poros de los suelos.
Las velas son los ojos de los suelos.
El sentimiento es un opaco despliegue de
irá
en la densa morada que yo habito.
Las velas como los poros de los suelos.
Las velas son
como los ojos de los suelos.
Se ha roto lo exquisito
y absurdo
de la sombra.
Cada esfuerzo
por truncarlo
será apenas irreconocible.
Honor de aquellos difuntos
y pesar dentro del silencio.
Una obscena espera que renuncia.
Un vacío para matarse, ¿una impostura?
Ahora, finalmente recuerdo
el palacio del velorio fatigado…
Una crianza de hermanos antiguos
sobre el ruidoso interior alucinado que
germina.
Se ha roto el velo de la sombra,
la rabia fotografiada inútilmente
a través de los pasillos de polvo
y nubarrones,
de este día de duelos...
(Qué la bruma
se disperse
cuando sea.
Y qué haya luz
entre nosotros
hoy.)
Las velas son los poros de los suelos.
Las velas son los ojos de los suelos.
El provecho de la esencia de los
muertos,
expectativa de recuentos y de odio.
Las velas como los poros de los suelos.
Las velas son
como los ojos de los suelos.
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