26. PARECE QUE VA A LLOVER
El gato
Agreste, fatigado de tanto comer, acelera el paso
para
trepar al muro, hacia su destino de aire.
Si yo tuviera sus sentidos
abrigaría algo semejante
a la felicidad.
Cholita,
la gata, salta a través de la ventana,
trepa
el muro de la casa de al frente,
prendido en rojo, y busca un cálido rincón.
A veces
parecen como viejos sabios que no sueñan ya
con ningún
un paraíso terrenal.
En el
sueño,
al son
de una voz de piedra y música de arena,
baila
tímida mi infancia.
El
blanco de mi gato Edgar centellea
como
luces de un pueblo extraño.
Parece
una paloma mensajera,
dulce y
orgullosa.
Brota
una espina de su pata.
Su cola
cuelga del muro.
Es mi
dulce nube de ronroneos.
Edgar
quiere
jugar con sus hermanos postizos.
Pero
éstos, solitarios y mellizos,
prefieren
mirar el horizonte,
como si
supieran que su madre vaga
en
otros patios,
sorteando
alguna de sus siete vidas…
Yo, a
veces, acarició sus pelajes.
Pero
ellos prefieren los muros a los brazos.
Edgar,
en cambio,
prefiere
recostarse en mis mejillas
o poner
su pata en mi boca.
Los
mellizos huelen de lejos la espléndida oscuridad.
A veces
recorren a hurtadillas las habitaciones de la casa.
Pero
prefieren la luna a la cama,
las
sombras a la luz artificial.
Me
enternecen
sus
pequeños ojos que,
cuando
va a llover,
parecen
pedirme que deje la puerta abierta
antes
de irme a dormir.
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