20. DOS DEDICATORIAS

 

I

 

En Almacigo, de Gabriela Mistral.

A Daniela King

 

Te dedico, Daniela,

la parda corteza

de este arbusto,

su aceite y su fruto,

sus perennes hojas,

sus flores pequeñas.

    

Bocanada de viento

es, asimismo, cimiento,

como tú, pagana,

maestra y nortina. 

 

 

II

 

En Discurso acerca de las pasiones del amor, de Pascal

A Claudio Pinto

 

Lezama lo puso cerca de Agustín 
y cerca también 
de Baudelaire. 
El espacio absoluto fue 
para él 
laberinto y abismo, 
escribió Borges.
No es de sorprender 
que los latinoamericanos 
soñemos 
con él.

 

Quien en mil seiscientos cuarenta y dos 
se convirtió en el precursor del computador 
al crear para su propio padre, 
extenuado por los cálculos, 
la pascalina. 
A los dieciséis 
escribió 
(Descartes sintió celos)
el tratado sobre las secciones cónicas. 
Y demostró la existencia del vacío. 
Y amó la geometría.

 

Una noche 
dejó la Ciencia, 
y encontró a Dios 
y a la Enfermedad.
Polemizó.
Escribió sus Pensamientos.
Murió.

 

Así Pascal, 
infinitamente grande, 
pequeño infinitamente, 
junto al abismo, 
abandonó toda discusión 
y se fundió con la nada.


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